El sufismo: la vía interior (Carlos Javier González Serrano / 11 junio, 2014)
Habitualmente asociado exclusiva y erróneamente al islam, la corriente sufí representa a un grupo identificado por ciertas dotes naturales, costumbres y actitudes destinadas al conocimiento del sustrato último de la realidad.
A lo largo de la historia del pensamiento, no sólo los filósofos “oficiales” han intentado alcanzar la sabiduría. También han existido diversos y numerosos grupos, en ocasiones emparentados con la religión, que asimismo se han propuesto adquirir, a través de distintos métodos, el conocimiento de los mecanismos que rigen el funcionamiento del mundo.
Fue el propio profeta Mahoma quien invitó desde muy pronto a escuchar al pueblo sufí para no ser “señalado como un necio ante Dios”. Sin embargo, hay que dejar claro que los sufís no profesan culto alguno ni, más allá, defienden una suerte de dogma establecido. Tampoco tienen ciudades sagradas ni entre sus filas se cuentan instituciones monásticas. El propio nombre que les designa es aceptado por ellos como una manera socialmente consensuada para poder ser mencionados, pues entre sus miembros se llaman “amigos” o “gente como nosotros”.
Entonces, ¿qué permite decir que los sufís constituyen un grupo homogéneo de prácticas y pensamiento? Como apunta Robert Graves, “lo que hace difícil clasificarlos o encuadrarlos es que su mutuo reconocimiento no se puede explicar en base a términos morales o psicológicos establecidos; quien está dotado de comprensión, ese es un sufí”.
A diferencia de la filosofía propiamente dicha, el sufismo no ha desarrollado extensos y complicados sistemas en los que queden expuestas sus ideas centrales. De un modo casi socrático, lo que caracteriza al sufí es el contacto directo con el mundo y, sobre todo, el aprendizaje que el iniciado adquiere a través de la figura de un maestro ya consagrado.
Este maestro posee la función de explicar a quien se acerca al sufismo que el ser humano suele buscar en el exterior cosas ilusorias (que confunde con las importantes y esenciales), mientras se olvida de dirigir su búsqueda hacia su interior para alcanzar un auténtico desarrollo personal. Solo quien así procede llegará a ser sufí, “Guía y Viajero que recorre el Camino de la infinita belleza, el amor, el triunfo, el poder, la plenitud, el guardián de la más antigua Sabiduría; el que despeja el camino de los grandes secretos”.
Como explica Idries Shah en su libro Los sufís (Kairós), erudito y especialista en nuestros protagonistas, “el sufismo no se dirige a tal o cual sector de la comunidad humana, porque tales sectores no existen, sino a ciertas facultades dentro de los individuos. Si esta facultad no está activa, no hay sufismo”.
Los sufís dan a entender que todos pretendemos, por diferentes vías, colmar un anhelo interior que, a pesar de sus diversos nombres, siempre se refiere a lo mismo: alcanzar la unidad consigo mismo y con el mundo, conseguir una suerte de armonía que no tiene que ver necesariamente con la religión ni con la erudición. Pues, como avisa el maestro El-Tughrai (siglo XII), “Oh, tú que tanta información posees y eres capaz de penetrar tantos secretos, escucha y calla porque el silencio pone a salvo de posibles errores”.
El sufí lleva a cabo un ejercicio alternativo de acercamiento y distanciamiento con la vida con el fin de alcanzar la libertad: por eso se le ha catalogado en ocasiones de corriente mística, pues consideran que la armonización con el mundo circundante es posible.
Pero a diferencia de otros grupos religiosos, la vida sufí -esclarece Shah- “puede vivirse en cualquier tiempo y lugar. No requiere retirarse del mundo, formar parte de un movimiento organizado ni practicar un dogma. Ser sufí es compatible con la existencia humana en general. Por ello no admite ser definido como algo exclusivamente oriental”. Como invita el maestro Abu Hanifa, “Practicad vuestros conocimientos porque conocimientos sin práctica son como un cuerpo sin vida”.
Aunque uno de los periodos históricos de su máximo esplendor coincida con el auge de la religión islámica en Oriente Medio, el sufí defiende la convicción de que su magisterio se encamina a conocer las enseñanzas interiores, y por tanto esenciales, que se hallan en el seno de cualquier religión. Éstas son meras envolturas de un contenido genuino que puede conducirnos a la liberación y al conocimiento del núcleo de la realidad.
Una breve estrofa del maestro Rumi puede ayudarnos a entender el mensaje central del sufismo: “Un hombre que nunca ha visto el agua/ es arrojado a ella con los ojos vendados y siente su tacto./ Al quitarse la venda, sabe lo que es el agua./ Hasta entonces solo la conocía por sus efectos”. Rumi asevera que las cosas, y la realidad tomada como un todo, posee un significado oculto por descubrir distinto al que la sociedad le da a través de distintos acuerdos y convenciones.

El pensamiento sufí, para tomar cuerpo, se da a través de pequeñas historias, poemas y composiciones literarias de diverso calado que pretende hacer ver al lector el auténtico sentido de la realidad, alejado del punto de vista materialista: nos invita, pues, a experimentar el mundo de primera mano. O como escribe Rumi, “Tomad el trigo; no la medida que lo contiene”.
Y es que acaso ni siquiere la filosofía puede medirse con el desvelamiento que nos propone el sufismo. Como explica Idries Shah:
… el llamado enfoque científico del fenómeno humano y las relaciones del hombre con el resto de seres vivos adolecen de las mismas limitaciones que la filosofía ordinaria. Como la razón discursiva, la ciencia opera únicamente dentro del conveniente círculo de lo que encaja con sus prejuicios.
Una de las leyendas del maestro Nasrudin sugiere que “la humanidad está dormida. El sueño del sabio, sin embargo, es fértil, y la vigilia del hombre medio es casi inútil para todo el mundo”. Hay quien prefiere aferrarse al significado más obvio y establecido de las cosas, mientras que el sufí apuesta por saltar por encima de la superficialidad y hacerse cargo del meollo de la realidad.

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